lunes, 3 de febrero de 2020








Febrero de 2020
N° 38 AÑO IV

Texto: Alicia Grela Vázquez
Imagen: Elsa Sposaro


Sei Shonagon

SUMARIO

Sei Shonagon



El libro de la almohada


Sei Shonagon

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Sei Shonagon

Sei Shonagon, cuyo veradero nombre era Kiyohara Akiko, nació en el año 966 en una famikia japonesa aristocrática. Era hija del poeta Kiyohara no Motosuke, uno de los 36 poetas inmortales del período Heian, que abarcó los años comprendidos entre el 794 y el 1185, en los que se fundó la ciudad de Kyoto , como la nueva capital imperial. Entonces la política local estaba dominada por cuatro clanes.
 
Kiyohara no Motosuke

Al promediar el siglo IX la familia de los Fujiwara logró adueñarse del poder, mediante hábiles maniobras, y forjó un auténtico feudalismo, aunque mantuvo al emperador en el trono. Ése fue un tiempo de florecimiento cultural y artístico, especialmente en la literatura y la poesía, en la corte imperial y entre los miembros de la aristocracia japonesa.
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Sei Shonagon

Al morir su padre Sei Shonagon sirvió de dama de honor a la emperatriz consorte Teishi (Fujiwara no Sadako), la primera esposa del emperador Ichijo.  Y se casó con Tachibana no Norimitsu, con quien tuvo un hijo: Tachibana no Norinaga. Luego desposó a Fujiwara no Muneyo. De esta unión nació una niña: Koma no Myobu.


Sei Shonagon casada

La emperatriz falleció en el año 1000. Y Sei Shonagon permaneció en la corte entre siete y diez años. Durante ese período comenzó a redactar su obra principal: Makura no Soshi (El libro de la almohada) era su diario personal, que guardaba bajo la cabecera de la cama.  Fue compuesto a modo de crónica. En ella registró una serie de listas en las que enumeró elementos de la realidad cotidiana. 


Sei Shonagon inventarió cosas que la emocionaban, le producían  sensación de suciedad, o no podían compararse. Los fragmentos de estilo vivaz y humorístico retrataban a la gente de la corte y acontecimientos corrientes. Finalizó esa obra en el año 1010.  Jorge Luis Borges seleccionó, anotó y tradujo esta obra con ayuda de María Kodama.

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Además, Sei Shonagon compuso la colección de poemas Sei Shonagon shu. Ella fue una de las poetisas que parecieron seleccionadas en el Ogura Hyakunin Isshu, el juego de cartas tradicional japonés,  que fue pensado en función de la memoria y los conocimientos poéticos de los participantes. Entonces muchas mujeres aristócratas escribían novelas (monogatari) para leer en voz alta. Ella sabía de literatura china y dominaba el waka (o yamato uta) género propio de la poesía japonesa.

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Ogura Hyakunin Isshu (100 Poetas.100 Poemas)

Pero al retirarse de la corte los datos sobre la vida de Sei Shonagon  se hicieron legendarios. Según algunos relatos ella disfrutó con amantes, se hizo budista y luego vivió de limosnas vagando entre la isla de Shikoku y la capital hasta su fallecimiento, ocurrido, según ciertos informes, alrededor del año 1025. Se la incluyó en el Nyobo Sanjurokkasen, una antología del período Kamakura, de 36 poetas del Japón.
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Nyobo Sanjurokkasen: 36 inmortales




El libro de la almohada

 Fragmentos
Sei Shonagon

Oscurece y casi no puedo seguir escribiendo y mi pincel está gastado. Sin embargo, yo quería agregar unas cosas antes de concluir. Escribí estas notas en mi casa, cuando tenía mucho tiempo libre, y por lo tanto nadie se enteraba de lo que estaba haciendo. He incluido cuanto he visto y he sentido ya que mucho de lo que hay en él puede parecer maligno o aun perjudicial para otros, tuve cuidado de ocultarlo. Ahora se ha hecho público, que era lo último que yo podía esperar.

Después de todo, lo escribí para divertirme y puse las cosas exactamente como ocurrieron. ¿Cómo podrían mis apuntes compararse con los muchos libros memorables que existen en nuestro tiempo? Los lectores han declarado, sin embargo, que puedo enorgullecerme de mi trabajo. Esto me sorprendió mucho, pero supongo que no es tan raro que a la gente le guste mi obra, porque como se desprenderá de estas notas, soy la clase de persona que aprueba lo que otros aborrecen y aborrece lo que les gusta. Piense lo que piense la gente de mi libro, todavía me arrepiento de que haya visto la luz.

En el tercer día del Tercer Mes, me agrada ver el sol que brilla sereno en el cielo de primavera. Es entonces cuando florecen los durazneros. ¡Qué espectáculo nos brindan! Los sauces son también encantadores en esa época, con los brotes todavía cerrados como gusanos de seda en sus capullos. Cuando las hojas han brotado ya no me atraen. En efecto, todos los árboles pierden su encanto cuando sus flores se deshojan.
Es un gran placer arrancar una larga rama florida de un cerezo y ponerla en un gran florero. ¡Qué hermosa tarea para ejecutar frente a una visita mientras se conversa! Estábamos sobrecogidos por toda la encantadora escena. Fue entonces cuando Korechika lentamente recitó un antiguo poema: Pasan los días y los meses, pero perdura para siempre el monte Mimoro.
 Profundamente impresionada, sentí el deseo de que todo esto durara mil años. En cuanto las damas que servían en el comedor principal llamaron a los caballeros de honor para que se llevaran las bandejas, Su Majestad volvió a la sala de la Emperatriz. Entonces me pidió que untara la piedra con un poco de tinta. Deslumbrada, pensé que nunca podría apartar mis ojos de su resplandeciente rostro.
Semejante fervor por la poesía es realmente conmovedor. El emperador, que estaba oyendo el relato, quedó muy impresionado.
-¿Cómo es posible que hubiera leído tantos poemas? –dijo, cuando la Emperatriz terminó-. Yo mismo me siento incapaz de leer tres o cuatro volúmenes. Por supuesto, las cosas han cambiado. En aquel tiempo todo, hasta la gente más humilde, se complacía en las artes y tenía el hábito de pasatiempos elegantes. Una historia así no sería posible en nuestros días.
Cuando trato de imaginar cómo puede ser la vida de esas mujeres que se quedan en casa, atendiendo fielmente a sus maridos, sin vísperas de nada, y que a pesar de todo se creen felices, me lleno de desprecio. Pueden ser de alcurnia y no haber tenido ocasión de saber lo que es realmente el mundo. Ojalá pudieran convivir con nosotras, aunque sólo fuera como servidoras, para darse cuenta de las delicias que están a nuestro alcance.
No soporto a los hombres que piensan que todas las servidoras del Palacio son frívolas o malas. Anoté en mi libreta un poema que me había impresionado. Desgraciadamente una de las criadas lo vio y recitó los versos torpemente. Es terrible cuando alguien recita deprisa un poema sin el sentimiento apropiado.

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